miércoles, 22 de julio de 2015

El florecer de los cerezos (Relato corto) Josep Játiva - Capítulo 2 -

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                   CAPÍTULO 2 
Desde el callejón contemplaban como los coches patrulla pasaban a toda velocidad, los viandantes corrían aterrados sin saber muy bien ni qué hacer ni a dónde ir. Yusuke y Ariko permanecían en silencio, observando la gran avenida, escondidos tras las enormes cajas de cartón que minutos antes ella había desechado tal y como le había indicado su jefa y dueña del local.
-¿Dónde has aparcado la moto? -le preguntó el joven.
La chica contestó señalando hacía el lugar donde se encontraba su vehículo. Yusuke lo siguió con la mirada y comprendió que era imposible llegar hasta él. La moto de color rosado y abundantes pegatinas descansaba justo al otro lado del cordón policial.  
-Mierda… -susurró el joven.
De pronto Ariko salió despedida, decidida a burlar a los agentes de seguridad. Deseaba montar en su motocicleta y alejarse de aquel lugar. Yusuke salió tras ella.
-Ariko, espera. No te alejes de mí -le ordenó.
La joven se perdía entre la muchedumbre que corría en contra dirección. Yusuke la buscaba desesperadamente con la mirada. Aunque le resultaba difícil localizarla, no la perdió de vista y pudo llegar hasta el alejado cordón policial, junto a ella.
-¡Déjeme pasar! -le exclamó Ariko al agente que le cortaba el paso.
-¡Señorita, no se puede pasar! ¡Es peligroso! ¡Váyase lo más lejos posible, ya recuperará su vehículo en otro momento! -le ordenaba el policía.
-¡¡Pero si está justo ahí!! -le explicaba la joven indignada-. ¿¡¡Pero es que no la ve!!? ¡Es esa rosa de ahí! 
-¡Váyase, no me obligue a detenerla!
-¡Joder, pero si no está ni a cinco metros de aquí!
El agente modificó la expresión de su rostro y Yusuke comprendió que nada bueno podría suceder tras ello. Cogió a Ariko del brazo y antes de poder hacer cualquier movimiento, una gran explosión al final de la calle les obligó a abandonar toda acción. 
Tras la confusión inicial, vinieron los gritos agónicos y el humo. Éste, empezó su incansable avance envolviéndolo todo a su paso. 
-¡Iros de una puta vez! -ordenó el agente.
Yusuke tiró del brazo de la joven, que no mostró resistencia, y se dejó llevar. Lloraba en silencio mientras contemplaba en lo que se había convertido la avenida en la que tantos buenos momentos había pasado con sus amigas. Se aferró con fuerza a Yusuke acelerando el paso. Cerró sus ojos en un intento de evadirse de todo aquello, pero tras correr unos metros a ciegas tropezó contra algo y cayó. Al abrirlos y contemplar a Yusuke cerca de ella, ayudándola, protegiéndola, se derrumbó emocionalmente. El joven la levantó con cariño y cuando sus miradas se cruzaron ella lo besó. Yusuke se sorprendió. “No era así como lo había planeado. ¡Nada estaba saliendo como lo había planeado!”. Pensaba mientras sus labios permanecían unidos. Aquel beso no tuvo la carga sexual que él había soñado y sabía que ella no lo estaba disfrutando, pero no había tiempo para avergonzarse por ello. Reemprendieron su huida, esta vez con la mirada fija en la carretera. 

-Espera… Para… -suplicó Yusuke.
El joven no estaba acostumbrado a hacer ejercicio. Ariko, en cambio, acudía tres veces por semana al gimnasio y estaba más que preparada para enfrentarse a una carrera de resistencia. Yusuke, por su parte, aborrecía el deporte y cualquier cosa que tuviera que ver con el ejercicio. Nunca había estado gordo y pensaba que el gimnasio sólo servía para presumir de músculos y alardear de cuerpo. Ahora se daba cuenta de lo equivocado que estaba.
-¿Qué pasa? -le preguntó extrañada la joven.
-No… puedo…. respirar… -contestó con dificultad.
-...-Ariko lo miró con gesto de protesta y se guardó su opinión.
Yusuke miró a su alrededor mientras recuperaba el aliento. El río Sumidagawa se mostraba imponente delante de ellos. El joven lo contempló con indiferencia, pero de repente su cerebro reaccionó ante lo que estaba observando. 
-¡El parque Sumida! -dijo en voz alta.
Ariko le miró pensativa.
-¿No estarás pensando en ir a contemplar los cerezos después de lo que acabamos de presenciar? -preguntó la joven con indignación.
-Vale, no es así como había planeado pasar el día contigo… -se justificó-. De todas formas hay que atravesarlo, estaremos más seguros si pasamos a la otra parte del río.
Se escuchó otra explosión a lo lejos, tras el bloque de fincas que se encontraban a sus espaldas. Ariko le cogió de la mano y tras los constantes descansos de Yusuke por recuperar el aliento, atravesaron el puente de Sakurabashi.

El caos podía escucharse desde la otra parte del río y las personas que se encontraban a las orillas del río Sumida contemplaban llenas de dudas los sucesos que tenían lugar en frente. Algunas se quedaban allí observando, otras optaban por un razonamiento más coherente y se marchaban del lugar.
Ariko insistía en continuar su huída, pero Yusuke necesitaba más tiempo para recuperarse.
-No, espera. No me empujes, espera -protestaba el joven mientras la muchacha continuaba insistiendo-. ¡Aaaah!
-¿¡Qué pasa!? -preguntó asustada.
- ¡Un tirón en la pierna! -contestó agresivo y lleno de dolor.
De pronto el suelo empezó a temblar.
Los jóvenes, al igual que el resto de personas, se quedaron petrificados. Preguntándose qué sucedía. Yusuke no pudo mantenerse en pie debido al repentino dolor muscular y cayó sobre el cálido asfalto. 
El agua del río empezó a agitarse con furia.  
Ariko no aguantó más la espera y tiró de Yusuke con todas sus fuerzas. Quería alejarse de allí lo antes posible. El joven soportó su dolor y obedeció sus órdenes. 
Un fuerte estruendo les obligó a detener su huida de nuevo, cosa que Yusuke agradeció. Ambos volvieron sus cabezas curiosos y fueron testigos de cómo una enloquecida larva gigantesca emergía de las profundidades del río devorando a los ciudadanos curiosos que todavía no habían abandonado la orilla. 
El monstruo de aspecto húmedo, peludo y afilados dientes, se arrastraba por la orilla, poniendo rumbo al frondoso parque de cerezos. Ariko volvió a tirar del joven en un intento por acelerar su paso y con cada sacudida notaba como la bestia peluda les ganaba terreno. Las contracciones del monstruo hacían temblar el suelo por el que corrían los jóvenes, pero pese al dolor, Yusuke seguía forzando su pierna sin protestar. 
-¡Mira, un coche de policía! -Ariko aceleró su paso soltándose de su compañero.
-¡Ariko! -exclamó el joven viendo como se alejada de él-. ¡Espera!
Yusuke pudo ver cómo la joven era ignorada por los agentes mientras ella, desesperada, intentaba pedirles ayuda.
-¡Pitufos! ¡Mal nacidos! -escuchó pronunciar de la boca de su amada al llegar junto a ella-. ¿No queréis ayudarnos? Pues muy bien, allí os mate el puto monstruo…
-Ariko, por favor -intentó calmarla el joven, cogiéndole de la mano-. Vámonos, no perdamos más tiempo.
-Eso, vámonos. No vale la pena ver morir a esta panda de… -antes de que la muchacha pudiese expresar su indignación. Otro fuerte temblor volvió a sacudir la zona. 
Ariko se aferró a Yusuke, rodeándole con sus brazos, aterrada. Sus cuerpos quedaron en contacto, notaban sus corazones acelerados, pero al igual que su primer beso, una completa decepción. Yusuke notaba los pechos de la joven sobre su torso, pero a diferencia de la mayoría de los jóvenes de su edad, él no estaba pensando en sexo. Su mente y toda su atención la copaba esa nueva larva monstruosa que aparecía unos metros por detrás de su compañera viscosa.  
Los monstruos se deslizaban a paso ligero y por mucho que se empeñasen los militares recién llegados en acribillarlos a balazos, las bestias abanzaban sin dificultades. Viendo que las armas de las que disponían no surtían el efecto deseado, el ejército de tierra optó por ceder su emplazamiento a la brigada especial en explosivos. En pocos segundos, desplegaron su artillería y mientras montaban un lanzacohetes portátil, algunos soldados se divirtieron con sus lanzagranadas.
Las explosiones hicieron que Ariko detuviera su paso. Se apoyó en uno de los cerezos del parque en el que se encontraban y rompió a llorar. Yusuke la abrazó y la fragancia afrutada de sus cabellos consiguió evadirlo de la realidad en la que se encontraba. Esta vez notó la presión de sus delicados pechos sobre su torso y notó un escalofrío recorriendo su cuerpo. Algo estaba despertando en su interior. Ariko por su parte, levantó la cabeza en busca de sus ojos, de su mirada. Parecía estar al corriente de los sucesos internos del joven y cuando los encontró le besó. Unieron sus labios con pasión, olvidándose de los atemorizados turistas y nativos que corrían enloquecidos. Ellos permanecieron unidos bajo las flores del cerezo expresando sus sentimientos, intentando hacer realidad su cita de ensueño. El joven la abrazaba con pasión y al notar los pezones endurecidos de la muchacha, su cuerpo reaccionó con la rigidez de su entrepierna. Ella lo notó, ejerciendo presión contra su muslo derecho, y se aferró al joven con renovada pasión. Juntos, exteriorizaron su lujuria abiertamente apoyados sobre el cerezo. Habían olvidado por completo el horror que estaban presenciando.
-Te quiero -le susurró Yusuke al oído de la joven.
Ella rió de forma risueña.
-Cuando te besaba estaba pensando… ¡Qué asco! -la joven exclamó mientras señalaba los pétalos del cerezo.
Yusuke tardó en reaccionar. “¿Acaso no le habían gustado sus besos? ¿Lo rechazaba?”. Al contemplar la dirección en la que apuntaba su amor, se dió cuenta de que ese desprecio no iba enfocado hacia su persona. Toda esa repulsión era por las larvas peludas que se deslizaban por las ramas del cerezo, justo encima de ellos.
-AAAAH -exclamó la joven intentando quitarse de encima los gusanos que habían saltado sobre su cabeza-. ¡¡Quitamelos!! ¡¡Quitamelos!!
Desesperadamente, intentaba desprenderse de ellos. Mientras, Yusuke la protegía de los nuevos atacantes. 
-¡¡¡QUITAMELOS!!! ¡¡¡AAAAAH!!! -Ariko perdió la cordura y daba vueltas sobre ellas misma en un intento por liberarse de los insectos infecciosos. 
-¡¡Ariko, deja de moverte!! ¡¡Así no puedo quitarte ninguno!! -protestó el joven.
-AAAAHH -seguía gritando la muchacha sin prestar atención.
De pronto el sol desapareció, dejó de bañarlos con su luz, quedando completamente ensombrecidos. Yusuke levantó la vista al cielo en busca de la respuesta a este fenómeno. “¡¿Y ahora qué?!” Pensó mientras su cara se desfiguraba por el terror. La gigantesca larva se encontraba justo encima de ellos, mostrando sus afilados dientes. Sus peludas escamas se movían con la brisa al son de los pétalos de la frondosa arboleda de cerezos. El monstruo abrió su descomunal boca y con expresión feroz se lanzó a por ellos. 
-¡¡¡ARIKO!!! -exclamó Yusuke sintiéndose impotente al ver cómo la bestia se abalanzaba sobre su amada sin poder hacer nada por evitarlo.
El monstruo devoró a la joven, desgarrando su delicado cuerpo por la mitad. Su torso inferior quedó unos minutos en pie y se desplomó sobre los pétalos marchitos que se habían desprendido de sus ramas a causa de las larvas. La bestia masticaba la otra mitad de la muchacha ante la mirada de horror del joven. Yusuke, con el corazón destrozado, contemplaba cómo la sangre que emanaba de los restos de su amada servía de nutriente tanto a los cerezos más cercanos como a las larvas que parecían alimentarse de ella. El joven se desplomó sobre sus rodillas y gritó con todas sus fuerzas. 
“¡¿Qué está pasando?! ¿¿Por qué?? ¡ARIKO!” Yusuke no podía asimilar lo sucedido, de sus ojos brotaban lágrimas sin final. “¡¡Esto no puede ser real!!”.
Las larvas empezaban a acumularse alrededor del joven, a punto de lanzarse al ataque. Al joven le daba igual, su  vida ya no tenía sentido. Qué más daba morir ahora que hacerlo unas horas después, la ciudad estaba condenada. No había escapatoria, la infección ya estaba demasiado propagada como para salir ileso de aquella zona. Yusuke cerró sus ojos, conteniendo sus lágrimas sin éxito y se entregó a los gusanos hambrientos de cerebro humano. 
Las larvas subieron por su cuerpo con delicados movimientos, sus escamas peludas de aspecto viscoso le producían cierta reacción alérgica al llegar a su cuello desnudo.
-¡Allí hay uno! -exclamó un agente al resto de su equipo -. ¡Oye, tú!
Yusuke se giró con expresión diabólica e inició los movimientos necesarios para levantarse del terreno encharcado en sangre.
La agrupación de élite no se lo pensó dos veces y lo acribillaron a tiros antes de que el joven pudiese cumplir su propósito.
-Malditas larvas de laboratorio. Espero que pillen al becario que ha dejado escapar a estos insectos infernales -comentó uno de los agentes en voz alta.
-El becario no tiene la culpa, es responsabilidad de su superior -le replicó uno de los presentes.
-Sea de quien sea el delito, esto es intolerable -añadió otro. 
-Se comenta que el becario era un incompetente que habían puesto allí a dedo -explicó alguien sin dejar de prestar atención al terrero.
-¿Pero vosotros cómo sabéis eso? ¿De dónde sacáis semejante información? -preguntó la única mujer militar del grupo.
-El departamento de guerra bacteriológica no es del todo secreto como se nos quiere hacer creer -le aclaró uno de ellos.
La agrupación de agentes montó lo necesario para volar por los aires a la enorme bestia viscosa que se deslizaba en frente de ellos. El parque Sumida se convirtió en un campo de batalla entre larvas contra humanos, una lucha por la supervivencia del más inteligente.

Para los jóvenes enamorados, el día había llegado a su fin y aunque esta no era la cita que habían soñado, estaban juntos. Rodeados de cerezos en flor. Sus miembros, separados en trozos irregulares, regaban con su sangre el mismo árbol que minutos antes había sido testigo de su amor desenfrenado. Ahora, su amor quedará vivo por siempre en el interior de aquel cerezo que cada año, con la llegada de la primavera, florecerá.      

FIN

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